La angustia, la ansiedad y el silencio

Los primeros días pasaron entre lágrimas y ansiedad. Me sentía como un animal angustiado, como una bestia encerrada en un espacio nuevo, ajeno, enjaulada en un ecosistema diminuto en el que no podía respirar; pero ese lugar era mi casa, la misma de siempre, sólo que ahora era obligatorio estar acá por tiempo indeterminado. Mi casa no era más mi espacio de descanso, de inspiración, de calma, un lugar al que se vuelve de otro, un lugar en el que se para. Mi casa, nuestras casas, serían desde ahora y por un plazo indeterminado de tiempo el único lugar, la única alternativa para habitar. Sí, una forma disimulada y voluntaria de prisión.

Cuando anunciaron la cuarentena obligatoria yo también pensé en que iba a aprovechar todo ese nuevo tiempo para hacer cosas que no hacía en mi vida previa. Imaginando, supongo, que iba a tener que inaugurar toda una nueva forma de identidad, de personalidad, de ser sola.

Los dos días antes del anuncio oficial de cuarentena se me volvieron una carrera a contrarreloj de acumular actividades y metas para distraerme, sobretodo, una cantidad de ideas y estrategias para ahuyentar a la inminente tristeza, pero la tristeza llegó igual.

 

La primera mañana de este nuevo tiempo recuerdo mirar por las ventanas y sorprenderme por el silencio. En la avenida no pasaban carros, en los andenes no caminaba gente. La ciudad se detuvo en un lugar extraño, no hubo una tragedia que destruyera casas, o la imagen de edificios llenos de humo por un incendio fatal, no se veían escombros, ni tormentas, ni desastres climáticos o imágenes catastróficas, el universo de afuera seguía exactamente igual, pero cubierto por una incertidumbre azarosa. El peligro mortal de los ciudadanos del mundo es absolutamente invisible a nuestros ojos. Fueron días en los que el sol entró con contundencia por las ventanas y que la vida pasó en una extraña cámara lenta. El tiempo se fue resignificando y todos los ridículos proyectos del primer día perdieron sentido como al tercero. No hice nunca las galletas que me propuse, no aprendí ningún otro idioma, no pude trabajar bien, ver una serie o una película, leer todos los libros que, optimista, pensé que iba a poder terminar con toda esa falta de actividad, mucho menos pude escribirlos: pasé casi una semana levitando de mi cuarto de la sala a la cocina, lagrimeando a ratos, sin poder dormir, sin poder estar despierta, leyendo frenéticamente noticias de  lugares distintos y de la inminencia de la inevitable tragedia. Pasé todo ese tiempo sin poder imaginar nada. No pude pensar un mundo posible así, me aterraba la idea de no soportarlo y de consumirme en mis propios pensamientos y temores. De quedar detenida para siempre en ese momento de desconcierto, de nunca poder volver a creer en una idea o una imagen de futuro.

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Supervivencia y desinfección

 Con el fin de la primera semana llegó la necesidad de salir a comprar comida y cosas para vivir. La dimensión de excursión que tomó ir al supermercado me abrumó. Todas las preguntas e incertezas sobre cómo cuidar la salud también. ¿me pongo guantes? ¿me los quito? si respiro ¿me puedo contagiar del virus? ¿cuánto es que dura en el aire? para ese entonces los tapabocas no eran obligatorios, pero no tocarse la cara parecía ser la única manera de sobrevivir. Apenas crucé la calle el viento me despelucó y un mechón de pelo me cayó en la frente. Me congelé en la mitad del andén en la pose idiota de tratar de quitármelo de la cara soplando para arriba, evitando de cualquier forma pasarme la mano por la nariz. los ojos se me encharcaron de la piquiña, y el patetismo de la escena me divirtió con algo de angustia. Yo tampoco me había dado cuenta de la cantidad de veces que nos tocamos la cara con las manos, como un acto inconsciente de reconocernos, como si quisiéramos chequear que la cabeza sigue en el mismo lugar.

 La primera desinfección del mercado fue un ritual infernal. Nadie se ponía de acuerdo en los métodos y productos correctos de limpieza: ¿alcohol o clorox, en qué medida, con qué trapo? llegar, no tocar nada, quitarse los zapatos, la ropa, lavarse las manos, agarrar las bolsas, lavarse las manos otra vez, limpiar cada cosa con cuidado. La nueva vida está llena de primeras veces y no admite ni el descuido ni el desorden: nuestras casas tienen  las normas de asepsia de un quirófano. Ni hablar de la piel que se nos cae de las manos de tanto lavarlas: siempre durante 20 segundos, en todas partes, sin dejar lugares sin jabón. Extrañé. también, la suciedad.

 Acá nunca sucedieron ni los conciertos de los balcones, ni los cantos coordinados de canciones entre vecinos. Me sorprendió porque tenía la ilusión de esa dinámica divertida entre gente que no se conoce, pero vive cerquita, como veíamos en los videos de italia y de españa, pero creo que todos estábamos ocupados tratando de existir en esta nueva soledad.

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Fingir normalidad

 La segunda y la tercera semana fue de euforia con las reuniones sociales por zoom. Hablar con todo el mundo, todo el tiempo, tratar de ponernos en contacto con gente a la que no veíamos porque ir de un punto a a un punto b nos daba pereza. Pude hablar apenas ahí con personas a través de pantallas, pero siempre me costó disfrutarlo. Extrañé -y extraño- como pocas cosas el contacto físico, el abrazo, el beso, tocarte con gente desconocida mientras caminas por la calle. Quizás lo que más me hace falta de esas situaciones cotidianas es no temerle a los demás. No pensar que si no guardamos la distancia prudencial podríamos lastimarnos, aún sin quererlo, aún sin saberlo. Eso es una pérdida que va a tomar mucho tiempo recuperar. Me parece justo hacer el duelo de aquellas cosas que antes ni notaba, en lugar de pretender que se pueden modificar o traer a esta nueva vida, que se pueden digitalizar. No creo que eso sea un ejercicio tan necesario y en estos casos prefiero la honestidad de reconocer lo que ya no va a estar.

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La costumbre y la calma

 Sin embargo, después de la tercera semana noté que las noches mejoraban, que el sueño se me empezaba a normalizar, que las ganas constantes de llorar habían casi desaparecido y que tenía unas rutinas nuevas. Incluso adquirí algo como una conciencia nueva sobre mis propias emociones, un registro mucho más afilado y preciso capaz de intuir y reconocer mi enojo,  frustración,  alegría, tristeza; como si el aislamiento me hubiera dado una capacidad de oír claramente algo que antes me parecía imperceptible sobre mi propia variabilidad anímica.

El tiempo no volvió a ser como antes, pero el trabajo, el esparcimiento, y divertirse se fueron adaptando a las posibilidades. Sentí la fuerza de la costumbre no con angustia sino con el alivio de la resignación. Me dio una enorme tranquilidad saber que se podía existir de una manera tan nueva. No deja de parecerme asombroso que el cuerpo humano tenga esa posibilidad de acondicionarse, de vivir con la falta. Es una norma que rige las ciencias naturales que los organismos deben adaptarse para la supervivencia, pero no pensé nunca ser así de consciente de la potencia que tiene la mente para registrar y existir en nuevos contextos. Recuerdo que mi abuela solía decir, a manera de exageración, que uno se puede acostumbrar “hasta a vivir con un palo entre la lengua”, pues bien, veinte años después de su refrán nos perforábamos las lenguas para hacernos piercings que estaban de moda, y definitivamente nos habituamos a comer, respirar y reír así. Esto no “va a pasar”, pero a esto también nos vamos a acostumbrar.

 Para esta altura ya dominaba con menos dificultad la auto compasión. La ineficiencia que me mortificaba los primeros días, se volvió comprensión con el ritmo posible de mi mente y con la nueva cadencia de las actividades en mi casa y mi vida. Dejé de insultarme en silencio cada día que no me salió nada más que mirar pantallas y que no produje. Dejé, también, de odiar a todas las personas felices con sus consejos, sus budines de banano, sus rutinas de ejercicio y felicidad de instagram. Todos estamos haciendo lo que podemos. Si hay algunos para quienes demandarse bienestar, normalidad y alegría en redes sociales es es la traducción de equilibrio, es justo, legítimo e imposible de juzgar en una situación como estas. El tiempo y el proceso de los demás empezó a parecerme menos una imposición y más una tierna y singular forma de sobrevivir a lo mismo que yo.

 Me acostumbré a la insufrible rutina de desinfección del mercado y cada vez me parece menos ajena, al registro sobre la limpieza de las manos, a la rutina dentro de casa, a disfrutar del sol que entra por las ventanas, a las demostraciones de afecto a través de pantallas, a controlar con la mente cuando me pica la nariz y estoy en la calle, a la nueva forma que tiene el tiempo en la cuarentena y a cómo se fueron adaptando las horas, más a necesidades que a normas. También me acostumbré a moldear la esperanza y la expectativa: ya no espero -ni esperamos- que la vida “vuelva” a ser como antes. No me interesa hacer un juicio de valor sobre lo que era correcto o incorrecto antes de la pandemia y estoy un poco agotada de los análisis sobre “merecernos” la tragedia, no creo que la gente que ha muerto se haya buscado nada y me parece injusto hacer afirmaciones así sobre la vida de personas, sólo creo que no es probable que ese mundo vuelva, que sea sostenible, que pueda retornar así, sin más. Aprendí a aceptar la realidad nueva con la carencia que implica, reconociendo la pérdida, pero sin la ingenua ilusión de retorno del pasado intacto.

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Por fin: resiliencia

Amoldar la esperanza me permitió imaginar un mundo nuevo, con todos estos cuidados, en
el que también se pueda vivir. Aprendí a pensar en el futuro con los elementos disponibles. Es tan variable el contexto, que la idea de futuro tiene la extensión de cada día, y es un ejercicio al que uno se habitúa poder comprender que en 24 horas el mundo otra vez puede cambiar, cada vez me resulta más manejable la imprevisibilidad del presente, que estuvo siempre, pero que ahora es conversación colectiva permanente. Al mismo tiempo me acostumbré a las nuevas dimensiones de la alegría, que ya sucede siempre dentro de las paredes de mi hogar, pero que existe al fin. Más chiquita, pero presente. Mi felicidad tiene el tamaño que tiene mi casa. No sé si eso es bueno, malo, o mediocre, pero a esta altura sólo me interesa lo que es posible, lo que sea que da más tranquilidad.
Hace un par de días fui al supermercado a hacer las compras de rutina. Ya hace más de una semana que el tapabocas es obligatorio y todavía me resulta raro no poder reconocer el gesto de la gente en la calle. Hice la fila rutinaria, con un metro de distancia mientras esperaba que las personas fueran saliendo para poder entrar al local donde no podemos estar más de 5 a la vez. La espera que antes se me habría hecho insufrible ahora me parece intrascendente, tampoco tengo ningún lugar donde me esperan porque el afán ya no es parte de nuestro léxico. Tocó mi turno, entré al supermercado, me pusieron alcohol en las manos y fui a buscar lo que necesitaba. Cuando llegué a la caja, saludé con el
tapabocas a cristina, la cajera y, hoy por hoy, la persona a la que más veo, le hice un chiste sobre algo -cada vez me resulta menos tortuoso hablar con la cara tapada- y me reí y también pude ver cómo, sólo por el movimiento de sus ojos que apenas sobresalen del tapabocas, ella también se había reído.