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Ventanas y espejos: el afuera y el adentro

By Camila Builes on 19 · 5 · 2020

Topics: Resilencia

Antes de la pandemia, el mundo estaba detrás de mi ventana: el fuego y la lluvia. La vida. Ahora, confinados, ocurren las historias y frente al espejo intentamos explorar un territorio que parecía abandonado: nuestra casa.

Siempre me quejé por el ruido de la Carrera Séptima, en Bogotá. La ventana en la que recuesto la cabeza, la que está detrás de mi cama, es una especie de boca abierta frente a esa calle. Antes, y ese antes suena a un tiempo que no sabemos cuándo existió, antes del virus, había carros y motos y gente caminando. A través de ese vidrio enmarcado rebotaba la imagen de la ciudad, su fulgor era emocionante y conmovedor: toda la vida resplandecía sin mayor esfuerzo.

Por esa boca que era mi ventana cabía Bogotá entera: sus voces, su música, la rapidez de su gente, el letargo de los domingos después de las tres de la tarde. Podía oírlo casi todo, entonces sabía que el ruido de una ciudad es su señal de vida y Bogotá siempre parecía un monstruo enardecido. Al borde de un infarto. Hoy, esa ventana no es una boca sino un abismo y Bogotá pasó de ser un monstruo a un gigante pensando. Ya no escucho nada. Las ventanas de mi casa las confundo con los espejos: vidrios planos que me muestran el reflejo de un cuerpo desnudo. Ahora el mundo está dentro de mi casa.  

En este momento me pregunto cómo vemos el afuera sin nosotros. El que vive en una casa debe tener el derecho a asomarse a su ventana y diseñar como le apetezca todo el trozo de mundo exterior que tenga al alcance de sus ojos. El que tenga un espejo debe tener el derecho a asomarse en él y dibujar con sus dedos y encima de la piel ese terreno fértil que es el cuerpo. El espejo, objeto extraño de doble cara. Habitemos ese reflejo ahora que parecemos estar en la no ciudad: ver las piernas que nos trajeron hasta aquí, los hombros que sostienen nuestro cuello, nuestros pómulos orgullosos. Si la ciudad yace vacía a nuestra vera ¿cómo volvernos observadores de nuestro propio territorio? Ese territorio es el yo.

Hablé con algunas personas sobre verse y ver. Sobre las ventanas y los espejos que hoy parecen con funciones invertidas: las unas para entender el silencio que nos convoca hoy y los otros para la observación de lugares que no apreciamos porque siempre estamos en ellos.

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Pedro Lemus, editor de Laguna Libros

Por primera vez ver a través de la ventana no es estar por fuera, o no pertenecer o no estar participando (en el sentido en que quien ve desde una ventana suele mirar, desde el margen, algo que ocurre sin él). Otra forma de decir: no hay nada ocurriendo por fuera de lo doméstico, lo cual es un descanso para quienes constantemente tememos estar perdiéndonos de algo. En mi caso, a través de las ventanas de mi casa sobre todo veo edificios, así que, aparte de eso, del mundo alcanzo a ver el cielo. Ya no cierro las cortinas que logran mantener a oscuras el cuarto, así que el sol entra desde temprano, como entra en la mayoría de las casas. Creo que en este momento se hace más evidente que siempre vemos nuestro reflejo en el afuera, lo cual puede interpretarse como vanidad en un sentido, pero también como el reconocimiento de la finitud. Me refiero a que el único conocimiento al que tenemos acceso siempre es un reflejo propio, es decir, el reconocimiento del mundo se hace siempre a partir y a través de uno. Esa es una constatación de gran soledad, pues da cuenta de que uno sólo se tiene a uno mismo —que, en todo caso, es gran cosa: ya se ha escrito que el ser humano es un microcosmos—. Entonces, el mundo de afuera finalmente refleja en un sentido más literal lo que pasa siempre dentro de todos.

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Natalia Calao, calígrafa

En mi casa hay una ventana grande que da a la montaña y como ritual sagrado, antes de que todo esto pasara, todos los días después de bañarme, levantaba las persianas: era mi manera de decidir qué ropa me iba a poner. Esa cosa tan sencilla que ahora no tiene sentido, ahora sigo cumpliendo con ese ritual, pero solo para confirmar que el mundo sigue ahí, y para llenarme de rabia cuando veo gente pasar por la calle sin tapabocas y sin miedo de este virus que puede matarnos, a veces les grito y les digo que se vayan para la casa, y corro a esconderme.

Desde la ventana veo los árboles del jardín allá abajo, que cada día están más bellos, más verdes y se mecen con el viento tan libres, tan inmunes a todo lo que le está pasando a los humanos. También me imagino que el virus no fuera invisible, quisiera que pudiéramos verlo y saber dónde está. Hace un par de semanas, antes de que nos obligaran a estar confinados, llegaron unos vecinos nuevos que tienen un carro lujoso que parquean en la calle y que instalaron cámaras en un poste que da justo al frente de mi ventana, también instalaron cámaras en su puerta y en un poste más lejano, así que buena parte del día, se me va en mirar por la ventana y tratar de adivinar la vida de los vecinos nuevos y en pensar en el porqué de tantas cámaras. Veo que algunas cosas allá afuera todavía se siguen moviendo, el carro que surte la tienda, los niños del primer piso que salen a jugar al jardín con tapabocas. Algunas cosas se siguen moviendo, mientras nosotros seguimos congelados parados en la ventana del tercer piso.

Hay mucho ruido en mi cabeza, siempre ha habido ruido, pero es como si el silencio de afuera le hubiera subido el volumen al ruido de adentro, llega mucha información a través de las redes sociales que son ahora el contacto con el mundo externo, que si los libros gratuitos, que si las películas, que si los talleres online, y todo eso es abrumador, he comenzado muchas cosas que se quedan a medias, y cuando siento todo ese barullo, desinstalo las aplicaciones del celular pongo música y me pongo a hacer planas, transcribo poemas, transcribo textos y eso me va calmando, pero me ha costado mucho concentrarme, mucho más que antes. Y eso es muy frustrante, esa retahíla de la hiperproductividad va calando y va pesando. Por ahora el ruido de la cabeza se calma con planas de abecedarios que se repiten y se repiten.

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Federico Ríos, fotógrafo colaborador de The New York Times, National Geographic y GEO Magazin

Las ciudades vacías dan una sensación de miedo y de abandono. He recorrido algunas carreteras de Colombia durante esta pandemia, ver todo cerrado es aterrador porque no solo se siente el vacío, sino que también se hace evidente la desesperanza. Son momentos difíciles para todos, pero sin duda los más pobres, los campesinos, los desplazados son los que más difícil la tienen ahora y a los que más les va a costar levantarse de esta situación. He fotografiado las calles vacías, las soledades de las personas, busco un tono, pero, sobre todo, esta situación me toca a mí también, en esa medida me hace pensarme como fotógrafo, pero también como parte de esta pandemia que nos afecta a todos. Siento que es complejo fotografiar el vacío, muy difícil porque a veces parecen solo fotos del 1 de enero o de un domingo por la tarde. me preocupa lo que sucede y me preocupa mucho lo que viene. Eso me tiene al filo de la angustia y también buscando formas de prepararme para fotografiar si las cosas se ponen mal.

La diferencia de este momento entre mi mundo y el mundo de afuera es la medida del sufrimiento. Todavía hay comida en mi nevera, todavía tengo un techo, ahí afuera las cosas están mucho más duras. Incluso para colegas fotógrafos. En medio de eso he visto la solidaridad como la única salida, he intentado fotografiar eso. Mi cámara es mi espejo y mi ventana.

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Estefanía Carvajal, escritora

El 17 de marzo volví a Colombia huyendo del coronavirus en Nueva York (ya todos sabemos cómo está). Tomé la decisión de un día para otro después de que me cancelaran clases en la universidad hasta el final del semestre. Fue la mejor decisión que tomé, porque en NY vivo en un lugar diminuto y desde mi ventana no veo nada. Es lo opuesto a lo que tengo aquí en Colombia: mis padres viven a las afueras de Medellín en el limbo entre el campo y la ciudad. Mi ventana no es una ventana sino un balcón, y desde ahí veo un muro de bambú en el que hay canarios, periquitos, bichofués, mayos, zarigüeyas, y detrás de todos esos animales, acechando, el gato de mi casa.

También veo los tejados de las casas que hay al otro lado de la cerca de bambú, y más allá, las montañas. No es muy diferente a la vista que tenía antes de la pandemia. Tampoco los sonidos son muy distintos: tal vez un poco más de silencio, menos motos, las industrias que bordean el río están calladas y los vecinos del otro lado del bambú, que antes solían hacer fiestas ruidosas con esa música popular que me saca de quicio, apagaron los equipos de sonido. Afuera hay un ambiente como de luto que yo realmente estoy disfrutando: me encanta el silencio. Puedo vivir semanas enteras sin escuchar música, televisión, nada. Tal vez lo que ha frenado un poco mi escritura es el ruido de afuera. En la casa somos cinco (mamá, papá, mi hermano, mi novio y yo). Y aunque es una casa grande, sus presencias se sienten. Extraño estar sola. Desde que llegué no he podido estar sola más de dos o tres horas (en unas caminatas arriesgadas que hice por la vereda). Supongo que soy todo lo opuesto a las personas que están sufriendo la pandemia. En este momento me siento cómoda y bien rodeada, sin más afanes que los del estudio y el trabajo. Soy una bendecida y afortunada de esta quietud que nos trajo la pandemia.

Pablo de Francisco, filósofo

En mi casa no hay una ventana como las que estamos acostumbrados a pensar. En la entrada hay un punto de ventilación enmarcado, un espacio que no se puede abrir y está cubierto de un vidrio opaco y en la parte superior unos vidrios que no se pueden mover y por donde entra el aire. En mi habitación está este mismo vidrio opaco enmarcado, pero en la división puedo deslizar uno de los vidrios de arriba y ahí alcanzo a ver, entre un muro y un edificio, un pedacito de cielo. Así que me relaciono más con el mundo exterior a través de los sonidos: escucho carros, conversaciones de mis vecinos, motos. Afuera podría estar todo acabándose y no me daría cuenta, entonces juego con esas fantasías: yo salgo cada 15 días a mercar y a veces pienso: ¿cómo estará el mundo cuando salga? 15 días es mucho tiempo. Creo escenarios apocalípticos y fantasiosos y afortunadamente mis pensamientos hasta ahora no se han cumplido. Esa es mi relación con el mundo, a través de la escucha y la imaginación porque no puedo verlo.

Para mí el confinamiento ha sido un escape, una salida. Siento más paz porque hago lo que quiero, estoy haciendo lo que quise desde hace mucho tiempo, lo digo desde una posición afortunada y digo afortunado porque tiene un componente de suerte, no de privilegio —creo que hay que superar esa palabra—. Todo esto ha sido una inversión: el vacío se ha volcado hacia el mundo y la riqueza la tengo en mí. Todo esto se trata de la contemplación. Por más aislado que quiera estar uno, la ventana siempre funciona como un vínculo con ese mundo del que uno a veces quisiera estar al margen. Asomarse a la ventana te vincula: escuchar te conecta con el otro. Yo siento que el mundo se ha llenado de un vacío que antes me acompañaba cuando lo habitaba porque sentía una gran soledad, sentía una rapidez afuera a la que yo no le podía seguir al ritmo. Me sentía fuera de fase. Ahora esto invirtió las cosas, siento una riqueza incomparable adentro, mi relación con el mundo es ahora lo que yo puedo crear, imaginar, pensar. Se han enriquecido las posibilidades dentro de mi cabeza, mientras que el afuera está vacío, está despojado, está desierto.

***

Hemos estado encerrados en casa durante semanas. He pensado entonces si esta casa que habito hoy era la casa que yo conocía antes, antes de todo esto: de la distancia y los antibacteriales. Y creo que no. Creo que esta casa es distinta a la que visitaba solo para dormir, este espacio cúbico cuadrado redondo es hoy una representación de mi cuerpo, que ha mutado en tantas formas por estos días: que ha sido también lluvia y fuego. Esta casa soy yo: renazco en ella. La luz, por donde sea que entre, desde afuera y desde dentro, es mi regalo y supongo que el de todos. Al fin y al cabo, mirarse a sí mismo es mirar hacia afuera: estudiar el interior es aprender del universo.

 

Camila Builes

Written by Camila Builes